Uno de los pilares más importantes que debe sostener el desarrollo de la sociedad es el aprendizaje, y precisamente, uno de los temas en los que hay unanimidad relacionados con la formación, con la enseñanza, es la falta de calidad de la forma de enseñanza actual. De hecho, está, en gran medida, desfasada de las necesidades y de los medios tecnológicos existentes, y ello es así porque la didáctica que debería ir por delante, o al menos acompasada con el desarrollo tecnológico, va a remolque y como arrastrada por él.

Es posible que la vertiginosa velocidad con la que avanza la tecnología sea la causa que dificulta su implantación: la falta de estabilidad, los cambios constantes, inhiben a las instituciones y a los propios profesores de introducir en su tarea elementos de naturaleza tan variable que tendrán que ser sustituidos antes de haber sido plenamente aprovechados. De esta manera, los modelos educativos actuales están viciados por la rutina y la casi absoluta falta de creatividad. En ellos se aprecia cierta mecanización, tanto en la labor docente como en la actitud de los estudiantes, que en ocasiones evidencian una preocupante falta de interés por tomar un papel más activo en su propio aprendizaje.

Como la pedagogía está lejos de ser una ciencia exacta, cada cual presenta a su manera la colección de conocimientos que, a su leal saber y entender, y que muchas veces no son las adecuadas, deben adquirir los alum-nos. Si algún docente se preocupa de tomarse esto convenientemente en serio, otros sucumben a los efectos que marcan peligrosamente el porvenir de los alumnos. Como decía Cicerón, «una cosa es saber y otra enseñar».

Y aún apuntamos otra diferencia más. Una cosa es saber, otra enseñar y otra la que el cliente necesita: entrenamiento, preparación real y efectiva que le permita alcanzar sus metas.

En el fondo, una importante combinación entre saber (conocer) y enseñar.

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